Escritos sobre la experiencia clínica
¿Está escrito nuestro Destino?
Hay momentos en la vida en los que comenzamos a preguntarnos si nuestro Destino ya está escrito.
Cambiamos de pareja, de trabajo, de ciudad o de proyecto, pero algo de la historia parece repetirse. Cambian las personas y las circunstancias, pero vuelve una sensación conocida: no ser reconocidos, quedar solos, sentir que hacemos demasiado esfuerzo o que, una vez más, terminamos en el mismo lugar.
¿Está escrito de antemano aquello que nos sucede? ¿Está escrito el lugar al que volvemos, incluso cuando creemos elegir otro camino? A veces sentimos que sí: como si hubiera algo escrito antes de nosotros, un guion ya trazado, un Destino del que no pudiéramos apartarnos.
Frente a lo que nos ocurre, solemos buscar explicaciones en la mala suerte, en las decisiones de los demás o en circunstancias que efectivamente escapan a nuestro control. Existen pérdidas, injusticias y decepciones que nadie elige.
Y sin embargo, cuando una misma escena vuelve con distintos protagonistas, algo más empieza a hacerse preguntar. No solo qué nos hicieron o qué nos tocó vivir. También si hay algo de nuestra propia historia —de nuestros modos de vincularnos, de nuestras elecciones— que participa de aquello que insiste en repetirse.
No se trata de cambiar de lugar, de personas o de circunstancias esperando que esta vez sea distinto. Si seguimos mirando las cosas del mismo modo, la historia puede volver a comenzar con otros nombres, en otro escenario. La repetición empieza a ceder cuando esa manera de mirar, de elegir, de vincularnos, puede ser interrogada.
No se trata de culparnos por todo lo que ocurre. Se trata de preguntarnos si aquello que parece escrito puede, al menos, comenzar a ser leído. Porque lo que se repite no siempre insiste para condenarnos. A veces insiste porque todavía hay algo que no ha podido ser dicho.
El cambio no suele comenzar cuando encontramos una respuesta definitiva. Puede comenzar cuando nos detenemos frente a aquello que vuelve y nos preguntamos qué quiere decirnos.
Tal vez nuestro Destino no esté completamente escrito. Tal vez haya algo escrito en nuestra historia, pero también algo que todavía espera ser escrito.
Y quizás una historia pueda empezar a transformarse cuando el sufrimiento encuentra un lugar donde ser puesto en palabras.
¿Cuando termina una separacion?
Una separación no termina necesariamente cuando alguien se va. A veces, cuando una casa queda vacía, los objetos permanecen en su lugar: una taza, una fotografía, una habitación, un horario. Todo parece seguir allí, salvo aquello que hacía que la vida compartida tuviera sentido.
Sin embargo, vivimos en una época que parece exigirnos resolver rápidamente aquello que duele. Hay que soltar, seguir adelante, volver a disfrutar. Salir, distraerse, conocer a alguien, comenzar de nuevo.
Como si después de una separación hubiera que regresar cuanto antes a la fiesta.
Pero no siempre se puede. A veces estamos rodeados de música, luces y personas que sonríen, y no logramos disfrutar. El cuerpo está presente, pero algo de nosotros permanece en otro lugar. Otras veces ni siquiera podemos volver a la fiesta, aunque desde afuera parezca que ya deberíamos estar bien.
Porque no se pierde solamente al otro. En una relación también quedan ligados deseos, esperanzas y sueños. Algo de uno mismo había encontrado allí un lugar. Tal vez también se pierde una versión de quien creíamos que íbamos a ser junto a esa persona.
Por eso no es tan fácil desatarse.
No se desatan de un día para el otro los vínculos que se construyeron, ni aquello que se amó. Tal vez separarse consista en ir desatando esos nudos lentamente: ir retirando, de a poco, aquello de nosotros que habíamos dejado puesto en el otro.
Y tampoco alcanza con que alguien nos diga que hay que dejar atrás lo vivido para que la herida se cierre. Antes de desatar, primero hay que poder reconocer qué se está perdiendo.
Ese proceso necesita tiempo. No para permanecer indefinidamente en el sufrimiento, sino para poder darle un lugar a aquello que terminó.
Algunas separaciones dejan una herida abierta. Con el tiempo, esa herida puede transformarse en una cicatriz. La cicatriz no borra lo ocurrido ni convierte la pérdida en algo insignificante. Conserva una marca, pero ya no sangra.
Una separación no termina cuando olvidamos, ni cuando volvemos rápidamente a disfrutar como si nada hubiera pasado.
Tal vez comienza a terminar cuando podemos recordar lo vivido sin quedar completamente atrapados en ello. Cuando podemos llevar la marca de lo ocurrido sin que esa marca siga siendo una herida abierta.
Y cuando, después de atravesar el dolor, podemos volver poco a poco a disfrutar.
Espacio para la primera entrevista
Para coordinar un encuentro presencial en Lomas de Zamora o en modalidad online para el exterior.